Rostros, historias y diversidad: El viaje de la Escuela de Gobernanza en Usme y Ciudad Bolívar

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Usme y Ciudad Bolívar
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80 líderes y lideresas del borde urbano rural se formaron para defender sus derechos y construir juntos, desde la diferencia, la inclusión y la dignidad. Experiencias desde el territorio.

Entre 2024 y 2025, la Consejería de Paz, Víctimas y Reconciliación, junto a la Secretaría Distrital de Integración Social, escucharon a cerca de 500 personas en Usme y Ciudad Bolívar. En estas conversaciones aparecieron dolores que las comunidades conocen de cerca: la fragmentación de la confianza, las secuelas del conflicto, la estigmatización de quienes lideran procesos sociales y la dificultad para articularse. Los datos del Observatorio Distrital de Víctimas confirmaron la urgencia: aunque 9 de cada 10 personas muestran disposición al diálogo, el 40% de las víctimas del conflicto y el 60% de las personas excombatientes sienten estigmatización en sus barrios.

De ese diagnóstico vivo, que reconoce que el territorio posee un amplio conjunto de saberes construidos por sus comunidades, nace la Escuela de Gobernanza para la Paz. Es, además, una respuesta concreta a esas personas con las que conversamos y que materializa las Transformaciones Rurales Integrales (TRI), una estrategia para fortalecer las capacidades comunitarias de diálogo, organización y acción colectiva, contribuyendo a la construcción de paz en el territorio.

Esta apuesta aporta a la gobernanza porque entiende que gobernar es un ejercicio colectivo donde la voz ciudadana es el motor principal. Se llama “Escuela” porque aquí nadie lo sabe todo ni nadie lo ignora todo; es un espacio de aprendizaje horizontal y socioafectivo donde se avanza a través de una ruta en espiral: reconocerse, reconstruir vínculos, actuar colectivamente y gobernar el territorio.

Sesión de la Escuela de Gobernanza

Entrar a una sesión es encontrarse con la diversidad del país: mujeres, hombres, personas mayores, jóvenes, población rural, víctimas, excombatientes, comunidades indígenas y afrodescendientes comparten la misma mesa. Detrás de cada participante hay una historia inquebrantable, como la de una lideresa desplazada por el conflicto armado que, tras sufrir amenazas, encontró en la Escuela de Gobernanza un espacio seguro para recordar saberes ancestrales colectivos, y adquirir herramientas para defender sus derechos, comprometiéndose a motivar a las nuevas generaciones a superar la apatía, ahora en Bogotá.

La Escuela potencia saberes empíricos que ya sostenían la vida en los barrios. Una lideresa juvenil afro de Usme, nos recuerda: "Los jóvenes no somos el futuro, somos el presente", reivindicando al arte como herramienta segura de participación. Por su parte, otra mujer, lideresa de Ciudad Bolívar, expone los riesgos de su labor comunitaria: "Avanzamos en medio de amenazas por la defensa del agua, pero este espacio demuestra que nuestras luchas valen la pena".

Esta apuesta recorrió con éxito todas sus sesiones itinerarntes. Demostró que el aprendizaje ocurre al caminar. La primera sesión abordó las trayectorias mediante la imagen de un río, un mapa visual y emocional donde cada participante reconoció sus experiencias y las de otras personas líderes, los caudales de sus organizaciones y sus sueños colectivos.

La segunda sesión se centró en transformar las "etiquetas" invisibles que se generan alrededor de los líderes, las lideresas y los territorios que habitan, reflexionando sobre cómo ellos mismos caen a veces en “marcar al otro”, alimentando círculos de discriminación. Desarmar esos prejuicios demostró que el respeto a la diferencia es el único canal real para la comprensión mutua.

Para profundizar, la tercera sesión analizó los conflictos cotidianos y reflexionó alrededor de posibles formas de responder ante las tensiones humanas: violencia o resistencia ciega; evasión o silencio; y mediación y diálogo respetuoso. Finalmente, la cuarta sesión abordó las prácticas de cuidado, abriendo una conversación comunitaria sobre cómo líderes y lideresas son cuidadores y cuidadoras por excelencia. La sesión puso en el centro el autocuidado, las redes de apoyo y las formas organizativas que las comunidades han construido, recordándoles que para sostener los procesos con otros, primero deben cuidar su propio bienestar físico, mental y emocional.

Caminar las calles de Ciudad Bolívar y respirar la ruralidad de Usme permitió comprender las realidades locales sin filtros institucionales. Como decía Paulo Freire, pedagogo y filósofo brasileño: "La cabeza piensa donde los pies pisan". Entonces, salir al entorno favorece reflexiones, encuentro entre diversos liderazgos, experiencias y saberes que el encierro del aula jamás permitiría. Gracias a una alianza histórica, por primera vez en Bogotá el SENA certificará formalmente estos saberes comunitarios como competencias laborales.

Como gran apuesta a futuro, la Consejería de Paz busca que esta Escuela de Gobernanza sea plenamente replicable en otros territorios. Para lograrlo, los participantes y la etidad co-diseñaron una Bitácora de Sistematización, sesión a sesión, para consolidar la metodología. Esto permitirá que, luego, estos mismos liderazgos puedan llevar y multiplicar los aprendizajes dentro de sus propias organizaciones y comunidades. Una lideresa pionera de Ciudad Bolívar resumió el espíritu del proceso: "La Escuela tiene el poder real de fortalecer los lazos vecinales y mejorar las necesidades de las personas a través de un mejor tejido social". Su motivación es asegurar que se vincule activamente a toda la población, logrando que la juventud se incluya plenamente en estos procesos.

Al inicio existían barreras invisibles, tensiones generacionales y rivalidades organizacionales entre las y los participantes. Hoy, el panorama es otro. El proceso terminó, pero deja compromisos claros grabados en cada persona: la necesidad de auto-reconocerse para dialogar, el valor de construir la gobernanza para la paz en red y la urgencia de adoptar el lenguaje de la juventud para que sea la fuerza mayoritaria en el territorio.

Esta experiencia es la viva muestra que la ciudadanía es capaz de transformar su entorno con sus propias manos. Los 80 líderes y lideresas que participaron en este proceso demuestran que el futuro se diseña de forma colectiva y desde la valiente decisión de construir juntos el territorio.